El Departament de Religió i Moral Catòlica de l'IES Dr. Lluís Simarro us dóna la benvinguda al nostre espai docent.
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#TODOSENFAMILIA. HOMILÍA BENDICIÓN DEL PAPA.

“Al atardecer” (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.

Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—. Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?” (v. 40).

Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?” (v. 38). No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.

La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.

Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.

“¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa.

No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”.

“¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, “volved a mí de todo corazón” (Jl 2,12). Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás. Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: “Que todos sean uno” (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.

“¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.

El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado.

El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad. En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar.

Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza. “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: “No tengáis miedo” (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas” (cf. 1 P 5,7).

¿QUIÉN QUIERO SER DURANTE EL COVID-19?

Quién quiero ser

Documento para poder leer mejor la imagen.

#TODOSENFAMILIA. TONI CATALÁ S.J. -2-

Tiempo de “confinamiento” tiempo de “discernimiento” (2)

 

#TODOSENFAMILIA. ALEJANDRO SANZ. EL MUNDO FUERA.

 

#TODOSENFAMILIA. OREJA DE VAN GOGH. VOLVEREMOS A JUNTARNOS.

 

#TODOSENFAMILIA. ACTIVIDAD AUDIOVISUAL FAMILIAR. INFINITO+1

ACTIVIDAD MUY INTERESANTE

Ante la avalancha audiovisual que sufrimos estos días os invito a crear un espacio familiar alternativo.

Si no lo has hecho nunca, ¡atrévete! Te permitirá establecer un diálogo entorno a nuestra fe.

¡No te preocupes, es gratuito!

Yo he visto previamente todo lo publicado visualmente por Cotelo y os aseguro que no os va a dejar indiferentes y que es muy interesante. Suelo usar estos materiales en las aulas.

Accede a esta dirección: https://www.infinitomasuno.org/

Aquí se os ofrece la posibilidad de visualizar 3 historias de conversión gratuitamente.

Hay que rellenar los datos de un formulario, como si fuera una factura, pero si te fijas es a coste 0 €.

Al final, después de darte de alta, te permite visualizar las veces que quieras estas tres historias reales:

  • Capítulo 1: Juan Gonzalo Callejas (Colombia).
  • Capítulo 2: Rubén García (México)
  • Capítulo 3:Paul Ponce (Alemania).

Si decidís realizar la actividad, antes de hacerla en familia, puedes verla personalmente, después hacedla en familia y luego dialogar en familia a la luz de lo visto y escuchado.

Si vuestro/a hijo/a quiere (totalmente voluntario) puede presentarme un comentario personal a la luz de lo visto, escuchado y comentado en el diálogo familiar.

Dicho ejercicio lo puede presentar en formato Word y mandármelo al correo electrónico para que se lo tenga en cuenta en la 3ª Eval.

#TODOSENFAMILIA. TONI CATALÁ, SJ -1-

TIEMPO DE “CONFINAMIENTO” TIEMPO DE “DISCERNIMIENTO”.

Iniciamos una serie de tres meditaciones para ayudar a que este tiempo de “confinamiento” sea tiempo de “discernimiento”, de experiencia espiritual. Discernimiento de aquello que experimentamos en nuestro interior personal, familiar o comunitario en este tiempo inesperado que ha roto nuestros modos cotidianos de estar en la vida, de estar en casa, en el trabajo, en el barrio y en la ciudad. Es la búsqueda, a través de todo ello, de lo que el Señor nos puede estar diciendo.

TODA BÚSQUEDA COMIENZA POR UNA PREGUNTA. En tiempo de tristeza, de perplejidad, de desconcierto, de incertidumbre, de miedo y de temor, de angustia… de “desolación” diría San Ignacio, ¿qué nos está diciendo el Espíritu de Jesús? En este tiempo nos planteamos delante del Señor y de los demás el sentido hondo de nuestro ser cristianos: ¿estamos en el seguimiento del Señor para la exhibición o para servir en lo oculto, en lo confinado, en lo invisible?

ATENDER AQUELLAS DINÁMICAS QUE GENERAMOS. En este tiempo debemos tener cuidado con generar y alimentar lenguajes de muerte, de desesperanza, de derrotismos, de lamentos y de gesticulaciones absolutamente inútiles… Es una trampa quedarnos delante de la tele o en las redes sociales, alimentando lenguajes alarmistas, agoreros… La situación es seria, pero no podemos confundir la seriedad con el morbo de regodearnos en la desgracia. Se trata de saber que si damos cabida a discursos de pesimismo o lamentos, alimentamos dinámicas de tristeza y desesperanza y la desolación aumentará.

REACCIONAR POSIBILITANDO ALTERNATIVAS. De modos muy sencillos y humildes podemos caer en la cuenta de que este tiempo nos puede permitir hacer pequeñas cosas que en otros momentos ni se nos ocurre. Preocuparse por los vecinos que muchas veces ni sabemos quienes son, qué amigos necesitan un poquito más de comunicación o preocupación por ellos, leer aquello que arrinconé en su momento, jugar un poco más con los críos, desempolvar aquel álbum de fotos de los abuelos que los hijos ya no saben ni quiénes son…

ES TIEMPO DE RECUPERAR EL AGRADECIMIENTO. ¿Caemos en la cuenta de corazón y en verdad que en nuestra cultura nos habíamos apropiado de todos los dones y ya no sabíamos vivir en acción de gracias? En este tiempo aprendemos, de un modo duro es verdad, que seguir al Señor no es sólo hacer cosas, santas y buenas, sino un modo de estar en la vida, un modo de sentir, de valorar, de decir, de mirar… Es tiempo de agradecer, que tenemos un techo, que tenemos un sistema sanitario de lo mejor, que tenemos gente con la que contamos… Eso lo vivíamos como normal y ahora nos damos cuenta que de normal nada, que somos humanos y vulnerables como toda criatura y cultura, creíamos que los problemas sanitarios, de suministros estaban en otros continentes. Esa creencia nos ha llevado a vivir “en soberbia y gloria vana”, que los europeos éramos otra cosa, que nosotros ya habíamos llegado a donde íbamos. San Ignacio nos diría no olvidemos que nuestra vida es agradecimiento y servicio, y el servicio ahora es no convertirnos en el centro de la casa sino no perder sensibilidad para con el que tenemos al lado.

ES TIEMPO DE REVISAR, EXAMINAR. No es tiempo de buscar “chivos expiatorios” sino de estar correcta y responsablemente informados, San Ignacio diría de “mucho examinar”. Podemos pasar del “qué está pasando” al “quién tiene la culpa” que siempre lleva a linchamiento.  Ya hemos dicho que la situación es seria y tenemos que estar bien informados pero no podemos regresar a estadios míticos de buscar culpables por todos lados. Eso deja las cosas igual, no soluciona nada pero pone en mucho peligro que nos fracturemos como sociedad: gobierno-gobernados, culpables-inocentes, victimarios-victimas, puros-impuros, responsables-irresponsables… No es momento de focalizar la desolación, que es verdad que lleva consigo un poco o un mucho también de rabia, sino de saber lo que está pasando, sabiendo que toda realidad es endiabladamente compleja. ¡Cuidado con los tópicos!

ES TIEMPO DE INSTAR MÁS EN LA ORACIÓN. Es tiempo de orar todo lo que está pasando desde lo que el Señor pasó. No está mal poder acercarnos al Señor estos días desde la oración, pero sabiendo que oración es también una jaculatoria muy sencilla, desde la lectura del evangelio, desde la petición que siempre hace que surjan nuestros mejores deseos. San Ignacio nos está diciendo que es tiempo de no alimentar lenguajes tóxicos, de depurar nuestra motivación en el seguimiento, de vivir en acción de gracias, de saber lo que pasa y orarlo. Si examinamos y oramos se nos van a ocurrir cosas muy evangélicas por sencillas, “menos lamentos y hacerle la vida un poco más fácil al que me rodea” en la familia, comunidad, vecindad, trabajo.

Toni Catalá SJ

#TodosEnFamilia

#TODOSENFAMILIA

Apreciadas familias:

En este tiempo de coronavirus, obedezcamos a los médicos y autoridades. Aunque nos surgan dudas o no entendamos, tengamos la humildad de aceptar que vale la pena confiar en sus conocimientos y experiencia. Nos dará una conciencia clara y nos permitirá contribuir a la solución.

El miedo, pues ni viene ni conduce a Dios. Aunque nos puede angustiar, recuerda que el el Señor también cuida de nosotros ahora. Atrévete a creer que escribe derecho sobre líneas curvas.

En momentos de dificultad, de crisis, la oración es el mejor antídoto contra el miedo. Abandonémonos a su amor.

Pase lo que pase en los próximos días, no olvidemos que cada segundo que tenemos es un regalo único y precioso. No olvidemos vivir y disfrutar de la vida en familia.

#TODOSENFAMILIA

Espero y deseo que seamos capaces de sentir que de nuestras acciones depende la suerte de los que nos rodean, y que nosotros dependemos de ellos.

Unidos en la oración.

ADVIENTO 2017

2017 Calendario Adviento

A PROPÓSITO DE LOS PROPÓSITOS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Basílica Vaticana
Sábado 31 de diciembre de 2016

[Multimedia]


 

«Cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la ley, para redimir a los que estaban sometidos a la ley y hacernos hijos adoptivos» (Ga 4,4-5).

Resuenan con fuerza estas palabras de san Pablo. De manera breve y concisa nos introducen en el proyecto que Dios tiene para con nosotros: que vivamos como hijos. Toda la historia de salvación encuentra eco aquí: el que no estaba sujeto a la ley, decidió por amor, perder todo tipo de privilegio (privus legis) y entrar por el lugar menos esperado para liberar a los que sí estábamos bajo la ley. Y, la novedad es que decidió hacerlo en la pequeñez y en la fragilidad de un recién nacido; decidió acercarse personalmente y en su carne abrazar nuestra carne, en su debilidad abrazar nuestra debilidad, en su pequeñez cubrir la nuestra. En Jesucristo, Dios no se disfrazó de hombre, se hizo hombre y compartió en todo nuestra condición. Lejos de estar encerrado en un estado de idea o de esencia abstracta, quiso estar cerca de todos aquellos que se sienten perdidos, avergonzados, heridos, desahuciados, desconsolados o acorralados. Cercano a todos aquellos que en su carne llevan el peso de la lejanía y de la soledad, para que el pecado, la vergüenza, las heridas, el desconsuelo, la exclusión, no tengan la última palabra en la vida de sus hijos.

El pesebre nos invita a asumir esta lógica divina. Una lógica que no se centra en el privilegio, en las concesiones ni en los amiguismos; se trata de la lógica del encuentro, de la cercanía y la proximidad. El pesebre nos invita a dejar la lógica de las excepciones para unos y las exclusiones para otros. Dios viene Él mismo a romper la cadena del privilegio que siempre genera exclusión, para inaugurar la caricia de la compasión que genera la inclusión, que hace brillar en cada persona la dignidad para la que fue creado. Un niño en pañales nos muestra el poder de Dios interpelante como don, como oferta, como fermento y oportunidad para crear una cultura del encuentro.

No podemos permitirnos ser ingenuos. Sabemos que desde varios lados somos tentados para vivir en esta lógica del privilegio que nos aparta-apartando, que nos excluye-excluyendo, que nos encierra-encerrando los sueños y la vida de tantos hermanos nuestros.

Hoy frente al niño Jesús queremos admitir la necesidad de que el Señor nos ilumine, porque no son pocas las veces que parecemos miopes o quedamos presos de una actitud altamente integracionista de quien quiere hacer entrar por la fuerza a otros en sus propios esquemas. Necesitamos de esa luz que nos haga aprender de nuestros propios errores e intentos a fin de mejorar y superarnos; de esa luz que nace de la humilde y valiente conciencia del que se anima, una y otra vez, a levantarse para volver a empezar.

Al terminar otra vez un año, nos detenemos frente al pesebre, para dar gracias por todos los signos de la generosidad divina en nuestra vida y en nuestra historia, que se ha manifestado de mil maneras en el testimonio de tantos rostros que anónimamente han sabido arriesgar. Acción de gracias que no quiere ser nostalgia estéril o recuerdo vacío del pasado idealizado y desencarnado, sino memoria viva que ayude a despertar la creatividad personal y comunitaria porque sabemos que Dios está con nosotros. Dios está con nosotros.

Nos detenemos frente al pesebre para contemplar como Dios se ha hecho presente durante todo este año y así recordarnos que cada tiempo, cada momento es portador de gracia y de bendición. El pesebre nos desafía a no dar nada ni a nadie por perdido. Mirar el pesebre es animarnos a asumir nuestro lugar en la historia sin lamentarnos ni amargarnos, sin encerrarnos o evadirnos, sin buscar atajos que nos privilegien. Mirar el pesebre entraña saber que el tiempo que nos espera requiere de iniciativas audaces y esperanzadoras, así como de renunciar a protagonismos vacíos o a luchas interminables por figurar.

Mirar el pesebre es descubrir como Dios se involucra involucrándonos, haciéndonos parte de Su obra, invitándonos a asumir el futuro que tenemos por delante con valentía y decisión.

Mirando el pesebre nos encontramos con los rostros de José y María. Rostros jóvenes cargados de esperanzas e inquietudes, cargados de preguntas. Rostros jóvenes que miran hacia delante con la no fácil tarea de ayudar al Niño-Dios a crecer. No se puede hablar de futuro sin contemplar estos rostros jóvenes y asumir la responsabilidad que tenemos para con nuestros jóvenes; más que responsabilidad, la palabra justa es deuda, sí, la deuda que tenemos con ellos. Hablar de un año que termina es sentirnos invitados a pensar como estamos encarando el lugar que los jóvenes tienen en nuestra sociedad.

Hemos creado una cultura que, por un lado, idolatra la juventud queriéndola hacer eterna pero, paradójicamente, hemos condenando a nuestros jóvenes a no tener un espacio de real inserción, ya que lentamente los hemos ido marginando de la vida pública obligándolos a emigrar o a mendigar por empleos que no existen o no les permiten proyectarse en un mañana. Hemos privilegiado la especulación en lugar de trabajos dignos y genuinos que les permitan ser protagonistas activos en la vida de nuestra sociedad. Esperamos y les exigimos que sean fermento de futuro, pero los discriminamos y «condenamos» a golpear puertas que en su gran mayoría están cerradas.

Somos invitados a no ser como el posadero de Belén que frente a la joven pareja decía: aquí no hay lugar. No había lugar para la vida, no había lugar para el futuro. Se nos pide asumir el compromiso que cada uno tiene, por poco que parezca, de ayudar a nuestros jóvenes a recuperar, aquí en su tierra, en su patria, horizontes concretos de un futuro a construir. No nos privemos de la fuerza de sus manos, de sus mentes, de su capacidad de profetizar los sueños de sus mayores (cf. Jl 3, 1). Si queremos apuntar a un futuro que sea digno para ellos, podremos lograrlo sólo apostando por una verdadera inclusión: esa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario (cf. Discurso en ocasión de la entrega del Premio Carlomagno, 6 de mayo de 2016).

Mirar el pesebre nos desafía a ayudar a nuestros jóvenes para que no se dejen desilusionar frente a nuestras inmadureces y estimularlos a que sean capaces de soñar y de luchar por sus sueños. Capaces de crecer y volverse padres de nuestro pueblo.

Frente al año que termina qué bien nos hace contemplar al Niño-Dios. Es una invitación a volver a las fuentes y raíces de nuestra fe. En Jesús la fe se hace esperanza, se vuelve fermento y bendición: «Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría» (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 3).